VÄNTSAL



Nesi miró el reloj. Eran las 11:55. Faltaban cinco minutos para que llegara el tren que la llevaría a su próximo destino. Permanecía de pie en el andén, junto a sus dos maletas, conmovida por el comienzo de una nueva vida. Atrás quedaban quince años de experiencias, aprendizajes y vivencias que le habían ido moldeando hasta convertirla en la mujer que era ahora.

Una mezcla de emociones recorría su interior como un torrente de agua y piedras tras la tormenta. Por un lado, la pena de dejarlo todo atrás: aquellos paisajes nórdicos de ensueño, salpicados de bosques y lagos que había recorrido a pie en verano y sobre esquís en invierno. También iba a echar de menos a las gentes que habitaban esos lugares, con esa cercanía y amabilidad tan suya. Con algunas había compartido experiencias profundas, hasta tejer una amistad sincera.

—Tengo que seguir en contacto con ellas —pensó—. Algo tan bonito no puede perderse.

Asimismo, desfilaron por su mente los nombres de todos los alumnos y alumnas a los que había tenido la suerte de conocer en la escuela durante aquellos años.

—Qué afortunada he sido… Si supieran todo lo que me han enseñado.

Pero, al mismo tiempo, sabía que no podía permanecer allí más tiempo. A pesar de estar rodeada de personas maravillosas, se sentía profundamente sola y necesitaba un cambio. Vivir en la ciudad, cerca de sus hijos, le ofrecería aquello que ahora le faltaba, o al menos eso esperaba.

La megafonía interrumpió sus pensamientos con esa voz metálica tan característica. El tren se retrasaba: no llegaría hasta dentro de treinta minutos. Había nevado en exceso y el frío era intenso; seguramente algún problema había surgido en las vías.

Resignada, volvió a la sala de espera y se sentó en el mismo banco de madera de antes.

Era un espacio amplio, aunque de decoración austera. Un reloj analógico antiguo colgaba de la pared, marcando las horas y recordando a todos los presentes el implacable paso del tiempo. Una pantalla digital ofrecía información actualizada sobre la llegada y salida de los trenes del día.

—Aquí estaré calentita mientras espero —pensó.

Sacó la libreta que siempre llevaba consigo y el bolígrafo enganchado a la solapa, y comenzó a garabatear.

Era un gesto antiguo, casi ritual. Dibujar formas geométricas la ayudaba a ordenar sus pensamientos y a anclarse en el presente. De vez en cuando levantaba la vista y observaba a las personas que compartían con ella aquel espacio, todas esperando, como ella, su propio tren.

—Qué curioso —pensó—. Todos estamos aquí para iniciar un viaje, aunque por razones completamente distintas.

Así, Nesi comenzó a imaginar las vidas ajenas: los orígenes, las profesiones, las familias posibles, incluso las aficiones. A partir de gestos y apariencias, construía historias. ¡Qué fantasía tan entretenida!

Sumergida en esos pensamientos, acabó recordando sus propios viajes en tren: el primero, a los quince años, desde Pau a París, sola, para un intercambio que le abrió el mundo; otro, años después, desde París hasta Pau, tras vivir en Dublín, con veintitrés años y una nueva lengua aprendida; los innumerables trayectos entre Huesca y Madrid durante su etapa de maternidad; o los viajes más recientes a Estocolmo desde Smålandsstenar, en aquella última etapa nórdica.

El tiempo avanzaba mientras personas y viajes se entrelazaban en su memoria, recordándole de dónde venía, los lugares recorridos y cómo el contacto con otras gentes la había ido nutriendo y transformando.

Allí estaba Nesi, sentada en una sala de espera, sola, aguardando un nuevo tren, cuando comprendió que los trenes son el medio de transporte perfecto para aprender: por los lugares a los que conducen y por las personas que se cruzan en el camino. Pero, sobre todo, porque en cada viaje se había descubierto un poco más a sí misma, encontrando pistas que le ayudaban a seguir avanzando hacia el futuro.

La megafonía sonó de nuevo. Su tren ya llegaba. Se levantó y regresó al andén. En pocos segundos, el convoy apareció entre la nieve. Nesi subió y, como tantas otras veces, puso rumbo a su nuevo destino.

Nada podía salir mal.


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