LA VENTANA ABIERTA
Silencio absoluto. Ni una risa alegre de los alumnos, ni el roce de las sillas contra el suelo, ni una conversación a media voz entre dos compañeras de pupitre. Nada. No se oía siquiera el leve pasar de una página. Todos esos sonidos formaban parte del día a día de Nesi. Los tenía tan interiorizados que, cuando la jornada escolar terminaba y el aula quedaba vacía, los echaba de menos. Allí estaba ella, sentada en su mesa, corrigiendo los últimos ejercicios de la clase de sexto. Le gustaba dejarles siempre un comentario, algo que les ayudara a darse cuenta de lo que habían aprendido. Desde hacía años, quedarse una hora más en el aula formaba parte de su rutina. Repasaba mentalmente el día. Agradecía los momentos compartidos, las conversaciones breves, las miradas. Enseñar su asignatura era importante, pero no era lo esencial. Cada mañana entraban en clase adolescentes cargados de miedos, inseguridades, preguntas sin respuesta. Llegaban con ganas de ser vistos, de ser escuc...