LA SEMILLA Y EL VUELO
La semilla y el vuelo
Hay un
momento en la educación en el que una comprende que su labor consiste, sobre
todo, en sembrar. Sembrar confianza, curiosidad, afecto y conocimiento. Después
llega el vuelo. El de quienes continúan su camino llevando consigo mucho más de
lo que reflejan unas calificaciones.
Estos
días de junio están cargados de emociones. Por un lado, me siento profundamente
satisfecha cuando termina el curso y constato cómo los alumnos que finalizan la
educación secundaria, y con los que he compartido infinidad de experiencias
durante tantos años, culminan una etapa de sus vidas preparados para comenzar
la siguiente.
Sin
embargo, al mismo tiempo, me invade una tristeza inesperada al caer en la
cuenta de que ya no los volveré a ver el próximo curso, aunque sea plenamente
consciente de que así es como debe ser. Y es que, en ocasiones, como profesora
siento que formo parte de un pequeño pedazo de sus vidas. O quizá sea al revés
y sean ellos quienes forman parte de la mía durante unos años.
Esta
etapa transcurre para mí casi sin darme cuenta, como el agua de un riachuelo
que desciende precipitándose entre las rocas de la montaña. Pero intuyo que,
para un adolescente, tiene mucha más importancia de la que solemos creer.
Existen una serie de patrones, ritos y tradiciones que se suceden cada semestre
y que, cuando ya los hemos interiorizado, completamos casi sin pensar porque
los hemos vivido infinidad de veces. Sin embargo, para nuestros estudiantes
cada ceremonia, cada tradición y cada despedida es una primera vez. Y esas
primeras veces dejan huella.
Este
junio me he sentido igual que todos los meses de junio de los últimos once años
que llevo trabajando de forma estable como profesora. Me embriagan las mismas
emociones: satisfacción y nostalgia en una mezcla casi perfecta. Aunque, si soy
sincera, este año ha sido un poco diferente.
El
pasado mes de diciembre tomé la decisión de dejar el centro donde había
trabajado durante los últimos nueve años. Aquella despedida ya estuvo cargada
de mensajes preciosos y abrazos emotivos. Me fui con esa misma combinación de
sentimientos: la satisfacción por el trabajo realizado, la nostalgia de
abandonar un entorno seguro que me proporcionaba estabilidad y en el que me
había construido como docente, y una inmensa pena por dejar atrás todas esas
miradas ávidas de conocimiento y de vida.
Este
mes de junio, al despedir el semestre y el curso, me he acordado de todas esas
miradas que dejé atrás en Ölmestadskolan, en Reftele; de todas las personas que
formaron parte de mi vida durante aquel dulce y tranquilo periodo y que me
ayudaron a levantarme cuando la vida me golpeó hasta hacerme caer. Mis
pensamientos y mi corazón estaban, sin duda, con ellos.
Pero,
al mismo tiempo, después de haber trabajado seis meses en mi nueva escuela, en
Kullavik, he tenido tiempo suficiente para crear nuevos vínculos de afecto y
cariño con mis alumnos y alumnas, así como con mis compañeros y compañeras. Y
lo más sorprendente es que la despedida del alumnado de noveno curso, el último
de la educación secundaria, ha sido igual de emotiva.
Entonces
me pregunto: ¿qué es lo que hace que las despedidas de final de curso tengan
una carga emocional tan intensa?
He
llegado a la conclusión de que no existe una relación directamente proporcional
entre el tiempo que pasamos con nuestros estudiantes y la huella que dejamos en
ellos. Más bien, lo que permanece es cómo los tratamos: cómo los miramos, cómo
los escuchamos y cómo les hacemos sentir.
La
capacidad de los docentes para transmitir conocimientos es importante, por
supuesto. Pero lo verdaderamente determinante durante la adolescencia es que
los jóvenes se sientan apreciados, incluidos y valorados; que perciban que los
escuchamos y que admiramos sus esfuerzos, independientemente del resultado de
una prueba o de las calificaciones finales que obtengan.
Recibirlos
cada mañana con una sonrisa. Preguntarles cómo están y cómo se sienten.
Hacerles reír. Escuchar sus historias. Conseguir que compartan, que canten, que
se atrevan a participar. Permitirles comprobar por sí mismos que son capaces de
aprender.
Nada de
eso aparece reflejado en un boletín de notas. Sin embargo, cuando llega el
final de esta etapa y te abrazan para despedirse, te miran a los ojos y, sin
necesidad de palabras, te lo dicen todo.
Es
entonces cuando vuelvo a darme cuenta de cuánto me gusta mi trabajo,
independientemente de la escuela en la que esté o del tiempo que haya
permanecido en ella.
Hace
unos días, cuando fui a escuchar en Gotemburgo al autor aragonés Víctor
Lapuente, me escribió una dedicatoria en su libro Inmanencia que decía:
"Para Inés, luchadora por la trascendencia en el ámbito más difícil:
la educación."
No
había sido plenamente consciente de la profundidad de esas palabras hasta
ahora.
Quizá
sea ese mi propósito de vida.
Feliz
verano.
Felices
y merecidas vacaciones.

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