TRANDANSEN

 


TRANDANSEN

El baile de las grullas

Los sonidos del violín y del acordeón cesaron y Nesi aprovechó para hacer un receso. Había estado bailando toda la tarde y sentía que sus pies necesitaban un descanso. Sentada, observando al resto de componentes del grupo folclórico nórdico, sonrió, serena y reconfortada.

A Nesi siempre le habían gustado las danzas tradicionales. Había algo en esos bailes compartidos, dispuestos en círculos, con pasos entrelazados y coreografías alegres. En su niñez y adolescencia había aprendido a bailar jotas y danzas de su tierra, en el Pirineo aragonés, y las imágenes de aquellos tiempos acudían a ella con una calidez intacta. Por eso, ahora que había emprendido una nueva aventura en una ciudad nórdica, después de su etapa en el mundo rural, esta actividad le conectaba, de algún modo, con su propia esencia.

Le sorprendía la similitud entre danzas de dos extremos de un mismo continente que parecían vivir de espaldas. Las diferencias entre Suecia y España eran evidentes: el idioma, la cultura, la forma de vida, la gastronomía, la organización política. Sin embargo, al observar las danzas tradicionales, descubría más parecidos de los que habría imaginado. La jota aragonesa tenía más brío, sí, pero las danzas de los valles pirenaicos poseían otro ritmo y, a menudo, contaban historias. Recordó letras aprendidas de niña, bailando el cadril o la danza de los pañuelos, y comprendió que hablaban de lo mismo que aquellas danzas nórdicas que ahora ensayaba: el cortejo, la vida en el campo, la celebración, la afirmación de lo colectivo.

Hubo un tiempo en que el ser humano vivía en mayor armonía con la naturaleza, celebrando la fertilidad, la vida y la muerte como parte de un mismo ciclo. ¿Hacia dónde caminaba ahora la humanidad, tan lejos de todo aquello? se preguntó.

El pensamiento le llevó a las grullas, esas aves migratorias que regresan al norte en primavera tras invernar en el sur. Siempre había admirado su forma de vida y cómo bailan y cantan al amanecer, estén donde estén. Viajan en grupo buscando las mejores condiciones y se apoyan y  relevan para encontrar la mejor ruta. En su vuelo hay una lección silenciosa, una manera distinta de habitar el mundo. En ellas reconocía algo propio: una pertenencia que no se deja encerrar en un solo lugar.

La música retomó su pulso y Fredrik se acercó para invitarle a la pista. Iban a ensayar una nueva danza, y él insistía en que era importante que la aprendiera. Las risas, los giros y los pasos al compás despertaron en ella otro recuerdo: el día en que conoció al compañero con quien había compartido los últimos treinta años de su vida. Le sorprendió entonces que él cantara aquellas músicas pirenaicas con tanta naturalidad.

Meses después, en la mañana de febrero en que sellaron su compromiso, a los pies de las montañas blancas del Pirineo, una bandada de grullas los sobrevoló. Su canto cruzó el aire frío como un presagio o una bendición.

Ahora, mientras bailaba en el norte, con melodías que le resultaban extrañamente familiares, sintió esa misma continuidad. Él ya no estaba, y la ausencia era nítida, pero no vacía. Había encontrado en aquel grupo, en aquellos pasos compartidos, un lugar donde seguir siendo.

Giró de la mano de Fredrik y alzó la vista casi sin darse cuenta. Durante un instante creyó escuchar, por encima de la música y las risas, un sonido lejano, reconocible.

No supo si venía del cielo o de su memoria.

Sonrió.

Y, sin perder el compás, siguió bailando.

Nota de autora: 

Este relato se presentó al VI Concurso de Narrativa Española de ACLE  (Asociación de Cultura y Lengua Española) en Gotemburgo (Suecia). No quedó seleccionado, pero forma parte del libro que ha publicado ACLE con todos los textos de los autores y autoras que han participado en el certamen literario este año 2026.  



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