TERNURA EN EL ARTE

 



Hay historias que no solo se ven: se sienten. Se quedan adheridas a la piel durante días y, casi sin pedir permiso, abren puertas que creíamos cerradas.

Las dos últimas películas que he visto en el cine me han impactado por varias razones. Ambas construyen su trama a partir de la evolución emocional de sus personajes. Las dos están rodadas con gran calidad; sus protagonistas ofrecen interpretaciones sublimes y la dirección es impecable. Pero si hay algo que realmente me ha marcado ha sido la ternura con la que están contadas.

La primera fue Sentimental Value, dirigida por Joachim Trier. Renate Reinsve interpreta a una hija que arrastra un trauma desde la infancia, y lo hace con una verdad desarmante. El arco de transformación de su personaje es tan cotidiano y universal que resulta imposible no verse reflejada en algún rincón de su herida. En mi caso, despertó viejos fantasmas que aún no están del todo resueltos y, como no podía ser de otra manera, salí del cine profundamente removida.

Stellan Skarsgård, en el papel masculino principal, logra algo extraordinario: decirlo todo casi sin palabras. Su silencio pesa, explica, justifica y duele. Y, aun así, la historia deja una rendija abierta a la esperanza. Una luz tenue, pero suficiente.

Esta semana he visto Hamnet, dirigida por Chloé Zhao. Una oda al amor, a la sensibilidad y a esa ternura que convive inevitablemente con la pérdida. La película nos recuerda que la vida y la muerte no son opuestos, sino partes inseparables de la misma experiencia. Nada es para siempre, y asumirlo forma parte de nuestro aprendizaje.

Jessie Buckley está sublime. Nos lleva de la mano por su amor a la naturaleza, a la familia, a lo cotidiano, y nos hace sentir en la piel la crudeza de lo inevitable. Paul Mescal, por su parte, nos muestra otra forma de habitar el dolor: más contenida, más silenciosa. La película sugiere que el sufrimiento no se expresa igual en todas las personas y que el arte puede convertirse en una tirita delicada para intentar sostener la desolación de perder a quien amamos.

También salí removida.

El duelo que aún atravieso me hizo identificarme con ambas formas de vivir la pérdida. He comprendido que incluso siendo la misma persona no siempre sentimos igual; que cambiamos, que evolucionamos, que el dolor se transforma con nosotros. Y que el arte —lo que leemos, escribimos o escuchamos— puede acompañarnos en ese proceso.

En mi caso, la escritura ha sido siempre refugio. Un lugar al que acudir cuando no encontraba respuestas en ningún otro sitio. Un espacio donde, al menos, podía encontrarme con mis propias palabras.

Salvando las distancias con William Shakespeare, quien escribió Hamlet tras la muerte de su hijo Hamnet, yo también me aferré a la escritura para intentar digerir el proceso tan doloroso de despedir y perder a mi amado Jorge.

Puede que haya quien piense que me expongo demasiado. Que escribo cursilerías. Que me escondo detrás de la creación para no afrontar la realidad. Pero lo cierto es que escribir no me aleja del dolor: me permite atravesarlo. Y, como les sucede a los personajes de estas películas, el arte no elimina la desolación, pero la hace habitable.

Ojalá la ternura siga teniendo un lugar en el arte. Ojalá siga envolviéndonos, incomodándonos, transformándonos. Porque eso significará que seguimos sintiendo. Y mientras sintamos, habrá esperanza.



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