REHACERSE
Se ha escrito mucho sobre la capacidad del ser humano para levantarse y rehacerse después de una derrota o un fracaso. La literatura clásica está llena de ejemplos: Eneas, en la Eneida de Virgilio, o Ulises, en la Odisea de Homero, nos muestran cómo, tras perderlo todo, perseveran en sus objetivos y, después de atravesar profundas pérdidas, encuentran una nueva forma de entender la vida.
Cuando era niña estaba
convencida de que el amor verdadero era algo utópico, etéreo e inalcanzable,
reservado solo para unos pocos afortunados. Miraba a mi alrededor y lo único
que veía eran normas, apariencias y silencios heredados. Mucha corrección. Mucho
miedo. Demasiadas emociones escondidas debajo de la alfombra.
Aun así, me propuse
encontrarlo.
Lo busqué primero en la
familia, pero allí el amor parecía confundirse con el deber, con mantener el
orden, con hacer siempre lo correcto. Lo material ocupaba demasiado espacio y
lo emocional apenas encontraba aire para respirar.
Seguí buscándolo en las
personas que fui encontrando por el camino. La escuela, el instituto, la
universidad, los viajes y el trabajo me regalaron encuentros hermosos. Personas
a las que quise intensamente y otras a las que admiré con sinceridad. Pero nunca
terminaba de quedarme. Había algo dentro de mí —una mezcla de curiosidad,
hambre de vida y necesidad de comprender— que me empujaba siempre a seguir
avanzando.
Hasta que un día llegué
a un cruce de caminos, a los pies de una montaña.
Recuerdo haber dudado
apenas un instante.
Después lo sentí con
claridad.
No fue una certeza
razonada. Fue algo más antiguo. Más visceral. Como cuando el cuerpo reconoce un
lugar antes de que la mente pueda explicarlo. Y empecé a subir.
Sin prisa.
Sin grandes promesas.
Pero sin detenerme.
Y entonces ocurrió.
Lo encontré.
Aposté todo a esa carta
y la vida, durante mucho tiempo, me sostuvo la mirada. Caminé durante casi
treinta años en la misma dirección, con subidas y bajadas, aprendiendo a amar
con todo lo que da el corazón. Hubo días luminosos y otros difíciles, pero incluso
en medio del cansancio sentía que estaba exactamente donde debía estar.
Me quisieron bien.
Y yo también supe
querer.
A veces todavía me
cuesta creer que algo tan puro pudiera existir de verdad y no solo en los
libros o en la imaginación de los que necesitan creer que el amor puede
salvarnos un poco de nosotros mismos.
Pero la vida es
caprichosa y hay caminos que desaparecen de pronto, como senderos borrados por
el viento. Lo que parecía sólido se deshace a veces sin hacer ruido, igual que
un castillo de arena cuando sube la marea.
Y un día, sin apenas
darme cuenta, volví a encontrarme sola frente a otro cruce de caminos.
Hay mañanas en las que
los recuerdos amanecen cubiertos de niebla. Intento tocar algunos momentos y se
deshacen entre las manos. Otras veces, en cambio, regresan con una claridad
insoportable: una risa en la cocina, unos pasos acercándose por el pasillo, una
taza olvidada sobre la mesa.
Entonces entiendo que el
amor vivido no desaparece del todo. Cambia de lugar.
Ahora camino sola
de nuevo.
Y no, no siempre lo
llevo bien.
Hay días en los que la
pena pesa como una piedra húmeda en el bolsillo y avanzar consiste únicamente
en poner un pie delante del otro. Nadie te explica qué hacer con el amor cuando
ya no tiene dónde quedarse.
Aun así, sigo.
Igual que los héroes
clásicos, toca rehacerse y evolucionar con una nueva comprensión de la
vida. Ya no necesito que nadie me complete ni me salve de mí misma. Solo
necesito convertir todo este dolor en algo que respire fuera de mí: escribirlo,
pintarlo, bailarlo, caminarlo.
Hacer arte con las
ruinas.
Acepto la tristeza que
me acompaña, pero también la gratitud inmensa por todo lo vivido. Porque hubo
amor. Porque fue real. Porque dejó huella.
Y porque, incluso ahora,
sigo avanzando.
Sin reblar.
Siempre p’alante.
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