LA VENTANA ABIERTA
Silencio absoluto.
Ni una risa alegre de los alumnos,
ni el roce de las sillas contra el suelo, ni una conversación a media voz entre
dos compañeras de pupitre. Nada. No se oía siquiera el leve pasar de una
página.
Todos esos sonidos formaban parte
del día a día de Nesi. Los tenía tan interiorizados que, cuando la jornada
escolar terminaba y el aula quedaba vacía, los echaba de menos. Allí estaba
ella, sentada en su mesa, corrigiendo los últimos ejercicios de la clase de
sexto. Le gustaba dejarles siempre un comentario, algo que les ayudara a darse
cuenta de lo que habían aprendido.
Desde hacía años, quedarse una hora
más en el aula formaba parte de su rutina. Repasaba mentalmente el día.
Agradecía los momentos compartidos, las conversaciones breves, las miradas.
Enseñar su asignatura era importante, pero no era lo esencial. Cada mañana
entraban en clase adolescentes cargados de miedos, inseguridades, preguntas sin
respuesta. Llegaban con ganas de ser vistos, de ser escuchados. Nesi había
aprendido a crear un ambiente donde eso era posible. Cada uno avanzaba a su
ritmo. Nadie se quedaba atrás.
La luz de última hora entraba de
forma oblicua por la ventana, que había dejado entreabierta para que corriera
un poco el aire. En aquella época del año los días se acortaban y esos últimos
rayos parecían más valiosos. Agradeció esa leve corriente que le permitía
respirar mejor. Con el movimiento mecánico de la mano sobre el papel, levantó
la vista y vio un petirrojo apoyado en el alféizar. Siempre le habían llamado
la atención sus movimientos rápidos, nerviosos.
De forma inesperada, el ave se coló
en el aula y comenzó a revolotear sin rumbo. Aleteaba contra las paredes,
desorientado. No entendía cómo había llegado allí ni cómo salir.
Nesi dejó el bolígrafo y lo siguió
con la mirada. No sintió miedo. Se levantó despacio y abrió la ventana de par
en par. El petirrojo tardó unos segundos —eternos— en orientarse, hasta que
encontró la salida. Voló hacia el exterior y desapareció en el horizonte.
Nesi soltó el aire despacio, como
si hasta entonces no hubiera sido consciente de que lo estaba reteniendo.
El aula volvió a quedar en
silencio.
Recogió los ejercicios corregidos y
los guardó en el cajón. Cerró con llave. Borró la pizarra con cuidado, como
hacía siempre. Antes de salir, se detuvo un momento en la puerta y miró el
espacio vacío. La ventana seguía abierta.
Sintió un nudo en el pecho. Se pasó
la mano por la cara y notó las mejillas húmedas. No había prisa por volver a
casa. Nadie la esperaba.
Apagó la luz y salió.
Nota de autora:
Este relato se publicará próximamente en el volumen De artefactos, lo literario. Algo de su poética y narrativa, de la autora malagueña Silvia Lázaro Díaz. La ventana abierta formará parte, junto con otros doce relatos de autores y autoras de diversas procedencias, del anexo titulado La Noche en Blanco 2026.
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