LA GEOMETRÍA DEL EQUILIBRIO
Hay ciudades que
se miden en cifras: habitantes, infraestructuras, actividad económica, oferta
cultural. Ciudades que laten deprisa, que se expanden hacia arriba y hacia los
lados, que no duermen. Nodos donde confluyen miles de vidas y donde cada día
parece multiplicarse por cien.
A lo largo de mi
vida he habitado varias de ellas. Y digo habitado porque no fui turista,
sino parte del engranaje. Unas semanas en París, cuatro años en Pamplona, un
año en Dublín, unos meses en Madrid, otro año en Barcelona. Cada ciudad me
ofreció algo distinto: entusiasmo, aprendizaje, contradicción, vértigo. Todas,
sin excepción, dejaron una huella silenciosa que hoy forma parte de quien soy.
Y, sin embargo,
si escucho con honestidad mi propia voz, sé que mi respiración se aquieta lejos
del asfalto. Mis periodos más largos han transcurrido entre montañas pirenaicas
y paisajes nórdicos, en entornos donde el horizonte no lo marcan los edificios
sino las cumbres y los bosques. Es allí donde siento que mi personalidad no se
adapta: se expande.
Pero la vida
tiene esa costumbre de torcer los planes y abrir caminos insospechados. Y así,
casi sin preverlo, me encuentro de nuevo en una gran ciudad: Gotemburgo.
Han bastado unas
pocas semanas para que la ciudad me sacuda con su incesante caudal de
estímulos. He asistido a musicales vibrantes como Moulin Rouge y Miss
Saigon; me he detenido en museos donde el tiempo parecía suspenderse frente
a los lienzos; me he dejado llevar por calles desconocidas sin preguntar a
dónde conducían; he probado sabores nuevos en garitos cuando menos curiosos; he
compartido trayectos en tranvía con desconocidos, imaginando las historias que
se escondían tras sus miradas. He conocido personas con proyectos e ilusiones,
pero también con heridas y desencantos.
Vivir en una
gran ciudad es vivir a la enésima potencia. Todo se amplifica: la luz, el
ruido, las oportunidades, la soledad. A veces, el exceso de estímulo se
convierte en un murmullo constante que desgasta. Una desazón leve, casi
imperceptible, que se instala sin pedir permiso.
Entonces busco
mi refugio.
Apenas a quince minutos de casa me esperan lagos que el invierno ha convertido en espejos helados. He patinado sobre su superficie y, por un instante, el mundo se ha reducido al sonido del hielo bajo mis pies y al aire frío en el rostro. Entre los bosques cercanos, la nieve me ha regalado también la posibilidad de esquiar en silencio, como si cada paso dibujara una pausa necesaria.
Y así transcurre este año nuevo, nacido entre incertidumbres y, sin embargo, sorprendentemente revelador. Rodeada de estímulos culturales, sociales y naturales, comprendo que no necesito grandes metas ni planes minuciosamente trazados. Me basta con habitar el presente. Con dejar que el día se despliegue. Con aceptar que incluso en una gran ciudad puedo encontrar mi propio ritmo.
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