AVANZANDO
Cuando
se reconoce la trayectoria de un proyecto social a nivel nacional, en un
entorno universitario y rodeado de personalidades del mundo académico,
periodístico y social, la satisfacción es difícil de expresar con palabras. Hay
algo que va más allá del logro: una sensación íntima de sentido, de camino
compartido.
Esta
misma iniciativa ya había sido reconocida el año pasado en un concurso
literario en Barcelona, gracias al texto Migraciones del alma. Aprendiendo
de la naturaleza, recogido en mi último libro Huellas vivas.
Entonces comencé a intuir que conceptos como la eliminación de fronteras, la
cooperación, la empatía, la sororidad o la curiosidad por otras culturas no
eran solo ideas, sino una base sólida capaz de despertar interés y resonancia
tanto en el ámbito social como en el académico.
El
Premio Avanzadoras 2026, en la categoría de Transformación Social, otorgado al
proyecto La ruta de las grullas, viene a confirmar esa intuición. Pensar
en los demás, actuar con los demás, avanzar teniendo en cuenta al otro: todo
ello cobra un sentido más profundo del que a veces alcanzamos a ver.
La
forma de vida de estas aves asombrosas nos invita a detenernos y observar. Ya
lo escribí en su momento, pero no me canso de repetirlo: cómo viajan en grupo
buscando las mejores condiciones; cómo se apoyan y se relevan para encontrar el
camino; cómo bailan y cantan al amanecer, estén donde estén. En su vuelo hay
una lección silenciosa, una manera distinta de habitar el mundo.
Hubo
un tiempo en que el ser humano también vivía más cerca de esa lógica. Éramos
nómadas. No existía el sentido de la propiedad como hoy lo entendemos. Se vivía
en movimiento, en comunidad: se compartía el alimento, se encendía el fuego al
atardecer, se celebraba la vida alrededor de él. No se trata de idealizar aquel
tiempo —la vida era más corta—, pero sí de reconocer que existía una relación
más directa, más respetuosa, con los ciclos de la naturaleza, entendida
entonces como una fuente de sabiduría.
Con
el paso del tiempo, las civilizaciones fueron alejándose de esos procesos
naturales. Se impusieron otros valores: el asentamiento, la acumulación, el
individualismo. Los avances tecnológicos han permitido un progreso indiscutible
y una mayor esperanza de vida, pero también han traído consigo nuevas formas de
soledad y de desconexión.
Esta
semana, en Madrid, durante la entrega del premio, cuando una de las grullas
jacetanas lo recogió, tuvimos la oportunidad de escuchar otros proyectos
centrados en la ayuda mutua, en la cooperación, en el avance consciente hacia
un mundo mejor. En medio de una inercia que a veces parece empujarnos en otra
dirección, estos espacios nos recuerdan que no somos pocas las personas quienes seguimos
creyendo que otra forma de estar en el mundo es posible.
Creo
firmemente que el futuro pasa por la cooperación, por el reconocimiento en los
demás, por el avance conjunto de las comunidades. Es lo que hacen las grullas.
Es lo que, de alguna manera, nos sigue enseñando la naturaleza.
Sigamos
mirando al cielo y a nuestro alrededor.
Sigamos avanzando.

Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar¡Qué hermosa y profunda reflexión! Según la antropología moderna, cuidar a los demás nos hizo humanos y, como indicas, esa capacidad de salir de uno mismo y acercarse generosamente a otros, no es solo un logro del remoto pasado sino también la única esperanza de un futuro mejor para todos.
EliminarMe alegra que coincidamos, también, en esto. Un abrazo infinito.
Eliminar