ENSA: XII- DAMAN
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ENSA
Un lugar recóndito en el Himalaya
PARTE 3 SONIDOS
XII DAMAN
El primer día en Leh,
después de descansar un rato en la habitación del hotel, nos convocaron en la
recepción para darnos la bienvenida. Llevábamos unas cuantas horas de viaje a
nuestras espaldas y esos pocos minutos de relax me supieron a gloria. Tras abrir
el petate y colocar en el armario la ropa que iba a necesitar durante los tres
días de aclimatación a 3500 metros de altitud, me di una ducha y me preparé
para reunirme con el resto del grupo.
El hotel T-Chong de Leh
no era muy grande. Las habitaciones dobles, amplias y con los servicios propios
de un hotel de tres estrellas, se distribuían en largos pasillos a derecha e
izquierda de la escalera central, y todos los miembros de la expedición nos
alojábamos en la segunda planta. Me llamaron la atención las botellas de
cristal sobre las mesitas, junto a las camas: nos dijeron que, una vez vacías,
las bajáramos al restaurante para rellenarlas con agua potable, y nos
recalcaron varias veces que no bebiéramos la del grifo. El cuarto de baño tenía
una gran cristalera que daba a la habitación, aunque estaba cubierta con un
tupido estor. Nunca le encontré sentido a ese diseño en un espacio donde lo que
más se necesita es intimidad. Para colmo, la ducha no estaba protegida por
cortinas ni mampara, de modo que, al terminar, aquello parecía una piscina. Me
las vi y me las deseé para recoger toda esa agua del suelo.
Una vez aseada y con las
pilas recargadas, bajé a la recepción. Era muy coqueta y estaba decorada con
fotografías del valle del Nubra, de Zanskar y de los monasterios budistas de
los alrededores. Así mismo, se podían admirar tallas de madera que evocaban la
magnitud de las montañas que nos rodeaban y que estábamos a punto de explorar.
Todo me parecía muy exótico y dediqué unos minutos a contemplar tanta belleza,
que nos abría las puertas a otro mundo.
Unos cuantos compañeros
ya estaban sentados en la terraza, charlando animadamente en torno a unas
cervezas mientras esperaban a que fuéramos bajando los demás. La terraza, a la
derecha de la puerta de entrada, tenía unas pocas mesas redondas, con cuatro sillas
bastante confortables cada una, y grandes sombrillas para cobijarse del sol en
las horas centrales del día. Rodeaban el espacio unas jardineras llenas de
flores muy coloridas que le daban un aire cuidado y acogedor. Poco a poco fue
llegando el resto, hasta que estuvimos todos y entonces empezó la ceremonia.
El director del hotel
nos colocó una banda blanca de seda alrededor del cuello, un khata, símbolo de
pureza, y nos dirigió unas palabras en ladakhí, la lengua de Ladakh, y luego en
inglés. A continuación nos explicó que nos iban a servir un té típico de Leh
con hierbas aromáticas y que después empezaría la actuación de un grupo de
música y danzas tradicionales. Colocamos las sillas en filas, mirando hacia el
patio de la entrada, y nos sentamos todos ilusionados ante la idea de
presenciar un gran espectáculo, con el té humeante entre las manos.
Los primeros en llegar
fueron los músicos, vestidos con los trajes de la zona. Siempre me han
emocionado las danzas folclóricas, así que me dispuse a no perderme ni un
detalle. Su música tenía algo rítmico e hipnótico, con raíces tibetanas e
indias. Dos tambores semiesféricos, uno grande y otro pequeño, golpeados con
baquetas de madera, marcaban el pulso. Un instrumento de viento de doble
lengüeta, parecido a un oboe, lanzaba un sonido agudo y penetrante que parecía
guiar la melodía a través de los valles. Y un laúd de cuerda frotada añadía un
fondo armónico nostálgico, casi espiritual. Más tarde supe que se llamaban
daman, surna y piwang.
Seguidamente aparecieron los y
las danzantes, y entonces sí que se me fueron los ojos. Ellos vestían el
goncha, una larga túnica de lana gruesa ceñida a la cintura con una faja, y se
cubrían la cabeza con el tipi, un sombrero de copa con las esquinas vueltas
hacia fuera, de tonos oscuros y sobrios. Ellas lucían el kuntop, un elegante
vestido de lana o seda, y sobre los hombros el bok, un manto rectangular
acolchado de vivos colores. Pero lo que más me cautivó fue el perak, un tocado
largo de cuero que descendía desde la frente hasta la espalda, cubierto de
filas de turquesas, corales y otras piedras semipreciosas. Supe que su forma
evoca la cabeza de una cobra, para atraer la protección. Aquel despliegue de
colores y joyas, heredadas de generación en generación, se completaba con unas
botas de fieltro y cuero bordadas a mano, de punta vuelta hacia arriba, ideales
para el frío de la montaña.
A esa altitud, la
aclimatación no es solo física, sino también espiritual, y los lugareños
reciben a las expediciones con danzas pensadas para desearles buena fortuna y
protección en las altas cumbres. Nada que ver con la dramática danza de
máscaras, el cham, que ejecutan los monjes en los festivales de los
monasterios: estas eran danzas comunitarias, alegres y participativas.
Lo más sorprendente fue
la variedad de los trajes. Las mujeres no vistieron el mismo durante toda la
actuación: antes de cada baile desaparecían un momento tras una esquina del
patio y regresaban con otro atuendo, con otros colores, otras joyas y otros tocados,
como un tipi de tonos vivos en lugar del perak. Unos trajes eran más vistosos y
cargados; otros, más sencillos y abrigados. Además, antes de cada actuación, la
responsable del grupo nos explicaba en inglés, con paciencia, su significado.
Así fuimos entendiendo que aquello era un calendario vivo: cada baile hablaba
de los ciclos de la naturaleza, del regreso del verano tras el largo y duro
invierno, de las cosechas y de las aves migratorias que cada año vuelven a las
alturas de Ladakh.
Primero bailaron el
Shondol, que según nos contaron se creó para deleitar a los reyes de Ladakh en
el Palacio de Leh. Sus movimientos eran lentos, fluidos y elegantes. Las
mujeres avanzaban en fila, con pasos sutiles y sincronizados, balanceando los
brazos y girando con suavidad, transmitiendo una paz y una reverencia que
parecían dirigidas a cada uno de nosotros. Me quedé casi sin respirar, temerosa
de romper el hechizo.
Siguieron otras danzas,
y con cada una, un traje distinto y un mensaje nuevo. Una saludaba la llegada
del verano, con movimientos más ligeros que parecían hacer brotar las flores.
Otra agradecía las cosechas, con gestos amplios, de siembra y de siega, que
hablaban del esfuerzo compartido de toda una comunidad.
Pero la que más me llamó
la atención fue la danza de las grullas. La responsable del grupo nos contó que
la grulla de cuello negro es un ave sagrada en Ladakh y un símbolo de buena
suerte. Cada primavera llega a los humedales de altura del este de Ladakh para
criar, después de pasar el invierno en tierras más bajas, y antes de formar
pareja canta y baila para cortejar. Las bailarinas, con los brazos extendidos
como alas y unos pasos pausados, dibujaban en el patio el vuelo y el cortejo de
aquellas aves. Sonreí para mis adentros: también allí había grullas, y también
ellas cantaban y bailaban. No le di más vueltas y lo apunté después en mi
libreta, como una curiosidad más del viaje.
Para terminar llegó el
Jabro, el baile de las comunidades nómadas de las llanuras altas de Changthang,
y el ambiente cambió por completo. Hombres y mujeres se entrelazaron de los
brazos formando círculos y semicírculos. Empezaron despacio, pero el ritmo fue
acelerándose, con zapateos marcados sobre el suelo, mientras los bailarines
cantaban al unísono. Era imposible no dejarse contagiar por aquella energía.
Los cantos corales,
según me explicaron, comenzaban con un homenaje a las tres joyas del budismo,
Buda, el maestro; el Dharma, sus enseñanzas; y la Sangha, la comunidad que las sigue, para pedir permiso al entorno y limpiar las malas
energías antes del ascenso. Entre ellos se mezclaban las notas de la surna y el
daman, y sentí el latido del tambor como el de mi propio corazón. La melodía
flotaba en el aire nítido de la montaña y, con el khata alrededor del cuello,
me sentí envuelta en un ambiente de fraternidad difícil de olvidar.
Cuando la música estaba
en su punto más alto, ocurrió algo que no esperábamos: los bailarines nos
invitaron a unirnos a ellos. Nos miramos entre risas, algo cohibidos, hasta que
mis hijos Paul y Sam fueron los primeros en levantarse, seguidos de Bethy. Yo
no me lo pensé dos veces. Con las danzas folclóricas nunca he sabido quedarme
sentada, así que salí con ellos. Los danzantes nos tomaron de los brazos y,
entre pasos torpes que intentábamos copiar mirando de reojo, nos fuimos dejando
llevar por el ritmo, aunque a 3500 metros el aire fino nos pasaba factura y
enseguida íbamos jadeando entre risas.
La danza terminó
formando un gran círculo. Sin que yo lo esperara, me colocaron en el centro y
me abrazaron. Noté los brazos de aquellas personas, hasta hacía un momento
desconocidas, rodeándome con una calidez que hablaba por sí sola. Me sentí
acogida, como si aquel rincón del mundo me aceptara como parte de su comunidad.
Al volver a mi silla,
con el corazón todavía acelerado, pensé en lo que nos esperaba. Pasados los
días de aclimatación, vendrían largas jornadas de trekking, y con ellas la
ilusión de poder subir al Dzo Jongo (6250 m), si el cuerpo respondía. Aquella
bienvenida nos había dado, sin palabras, la bendición que necesitábamos para
empezar.
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