EL REGRESO
ENSA
Un lugar recóndito en el Himalaya
II EL REGRESO
Nesi miró por la mirilla
y, sorprendentemente, no vio a nadie. «¡Qué extraño! —pensó—. Juraría que
habían llamado». Dudó unos instantes, pero finalmente abrió la puerta. El
paquete, de un tamaño más bien pequeño, que descansaba en el suelo junto al
ascensor, capturó su atención. El envoltorio, de color marrón, estaba muy
deteriorado, como si hubiera pasado largas jornadas bajo la lluvia. Se acercó,
lo recogió y buscó algún detalle que le diera una pista sobre el origen o el
destinatario. Lo inspeccionó por delante y por detrás, de arriba abajo, y
descubrió unas letras medio borradas, casi ilegibles. No se podía leer a quién
iba dirigido, pero se intuía una dirección que, sin ninguna duda, coincidía con
la suya.
De repente, se fijó en
los sellos de la esquina superior derecha y le dio un vuelco el corazón. Las
imágenes eran inconfundibles: un monasterio budista, unas banderas de oración,
unas majestuosas montañas nevadas y un sendero abriéndose paso entre las
laderas.
«El paquete viene del
Himalaya», pensó. Se le aceleró el pulso, miró a derecha e izquierda, encaminó
sus pasos hacia el apartamento, entró con el cuerpo temblando y cerró la puerta
tras de sí.
Sin saber cómo había
llegado de nuevo a su escritorio, se encontró allí sentada con el embalaje
entre las manos. Quería abrirlo, pero no podía: los dedos le vibraban incapaces
de decidir si tenían más prisa o más miedo. Montones de preguntas le golpeaban
por dentro: ¿quién lo habría mandado?, ¿qué habría dentro?, ¿por qué llegaba
ahora, después de tanto tiempo?
Decidió dar un sorbo a
su taza de leche con miel, que, por supuesto, ya no estaba humeante. Aun así,
el primer trago de esa pócima dominical le bajó las pulsaciones y encontró la
calma para poder abrirlo.
Parpadeó varias veces,
como si el gesto pudiera cambiar lo que tenía delante. Aquella guía del valle
de Ladakh la había dado por perdida. La compró en Leh, la capital de la región,
al volver de aquel inolvidable trekking de veinte días por las montañas del
Himalaya, en el norte de la India. Siempre creyó que la había perdido, por
descuido, en una de las cafeterías donde varias veces había tomado esos
deliciosos tés en el corazón de la ciudad.
Casi sin darse cuenta, empezó
a ojearla. Al pasar las páginas y contemplar las imágenes que las ilustraban,
los recuerdos de aquellos días le invadieron cada rincón de la mente. «Yo
estuve aquí», pensó.
Al avanzar entre las hojas,
un papel diminuto se deslizó y cayó al suelo, casi con intención, como si
quisiera ser encontrado. Lo tomó entre los dedos y leyó:
«Life is a
journey, not a destination».
Best regards. P
Nesi sonrió.

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