LA LLAMADA
ENSA
Un lugar
recóndito en el Himalaya
I LA LLAMADA
Como cada domingo,
cuando el cielo se teñía de tonos anaranjados y la temperatura se desplomaba de
forma dramática, Nesi se sentaba en su amplio escritorio para planificar la
ajetreada semana que le esperaba expectante como un atleta en la línea de salida.
A esas horas tenía el
apartamento completamente para ella sola. Sus hijos solían aprovechar cada
minuto del fin de semana y los domingos por la tarde salían al cine o a cenar
con sus respectivas parejas. Esto le permitía, a veces, poner un poco de música
para acompañar este momento y hacerlo más entretenido. Le gustaba prepararse un
vaso de leche caliente con miel y, mientras completaba el cuadrante con sus
asuntos pendientes, daba pequeños sorbos de esa pócima mágica que le estimulaba
la creatividad. Además de organizar sus tareas laborales como profesora de
instituto, a Nesi le gustaba escribir sus propias reflexiones sobre las
experiencias vividas. Las tardes de domingo eran muy propicias para esta
actividad.
Nesi había superado ya la segunda mitad de los cincuenta. En otros tiempos, una mujer a esa edad era
considerada una persona mayor. Pero ella se sentía con una energía muy
revitalizadora. Esta nueva etapa en la ciudad le había devuelto las ganas de conocer
otras gentes, iniciar nuevos proyectos y lanzarse a por sorprendentes
aventuras. A pesar de ello, de vez en cuando los recuerdos de una vida más serena en el campo
le asaltaban y sentía entonces una mezcla de pena, dolor y agradecimiento en
medidas desproporcionadas. Esporádicamente disfrutaba abriendo la ventana
al pasado, se asomaba unos instantes para tomar aire con los ojos
cerrados, y luego volvía a cerrarla.
Se quitó las gafas para
descansar un poco los ojos después de tanta exposición ante la pantalla del
ordenador. Estiró la espalda y levantó los brazos por detrás de la cabeza,
entrelazando los dedos de las manos como queriendo ofrecerse a sí misma un masaje
reconfortante.
En medio de aquella
tranquilidad que la abrazaba cálidamente y que no parecía tener intención de
abandonarla, le pareció que llamaban a la puerta. Bajó el volumen del equipo de
música y agudizó el oído. Permaneció en silencio, expectante, y volvió a escucharlo.
Sí, alguien golpeaba con los nudillos la entrada principal. Se levantó y encaminó sus pasos hacia el hall.
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