ENSA: XIII- TIPI
ENSA
Un lugar recóndito en el Himalaya
PARTE 3 SONIDOS
XIII TIPI
En el colegio se
acercaba el festival de la primavera, y Nesi se había comprometido a preparar
con sus alumnos de español una pequeña muestra de danzas del mundo. Buscaba una
imagen para ilustrar una de ellas, la de las grullas que había visto en Leh, la
que mejor hablaba de la llegada de la primavera. Un domingo por la tarde abrió
el álbum de fotos del Himalaya y fue pasando imágenes de paisajes, de cumbres y
de caras sonrientes. No tenía ninguna de la actuación del hotel: había estado
demasiado absorta en el espectáculo como para sacar el móvil. Entonces se
detuvo en otra que Paul había tomado sin avisarla: ella, de pie en una cocina,
con un tipi de colores vivos sobre la cabeza y una sonrisa que no recordaba
haber tenido nunca. Se quedó mirándola un buen rato. A su lado, sobre el
escritorio, descansaba la guía de viaje que había llegado un día de invierno
sin remitente y sin explicación, con una nota firmada solo con una inicial.
Seguía sin saber quién se la había enviado. Y, sin embargo, cada vez que la abría
tenía la extraña sensación de que quien lo había hecho sabía algo de ella que
ella misma todavía ignoraba.
Ante la fotografía,
pensó en los bailes de su vida. La danza siempre le había llegado en los
momentos importantes.
El primero fue el día de
su boda, en el Pirineo. Había bailado con Coque rodeada de familia y amigos,
con los pies ligeros y la intuición de que empezaba algo que duraría para
siempre. Las danzas de su tierra tenían eso: convertían la alegría de uno en la
alegría de todos.
Años más tarde, la
música volvió a buscarla en el funeral. Cuando sonó aquella melodía de sus
montañas, Nesi dio unos pasos despacio para despedirse de Coque, su compañero
de aventuras, el amor de su vida. Fue su manera de decir lo que las palabras no
alcanzaban. El cuerpo que había sabido bailar la dicha sabía también bailar el
adiós.
Y hubo un tercer baile,
el más inesperado, a miles de kilómetros de casa. Nesi cerró los ojos y volvió
a aquella tarde.
Acabábamos de visitar el
monasterio de Ensa y yo todavía llevaba dentro su silencio. Éramos solo cuatro:
mis tres hijos y yo. Habíamos renunciado a subir al Dzo Jongo por el mal de
altura que había afectado a Tina. Al principio sentimos rabia, pero enseguida
entendimos que la montaña seguiría allí y que lo importante era estar unidos
para cumplir lo que nos habíamos propuesto desde el principio, aunque nunca lo
dijéramos en voz alta. Anchuk, el responsable de la agencia, no nos había
dejado solos ni un instante, y aquella tarde, en el valle de Nubra, nos propuso
con toda naturalidad tomar un té en su casa.
Su mujer nos recibió en
la puerta con una sonrisa tímida. Después del té, Anchuk me preguntó, con
cierta solemnidad, si me gustaría vestirme con el traje tradicional. Antes de
que pudiera responder, las mujeres de la casa ya me habían tomado de las manos.
Sin compartir apenas palabras conmigo, me fueron arreglando un pliegue aquí,
una joya allá, con la complicidad de quien conoce el gesto desde siempre. Me
colocaron el kuntop, el bok sobre los hombros, unos collares de turquesas y
corales y, por último, el tipi, como el que habían lucido las bailarinas el
primer día en Leh. Noté enseguida el peso de las joyas sobre el pecho. Me miré
en un pequeño espejo y casi no me reconocí. Sentí algo único, como si aquellas
prendas y aquellas piedras guardaran el aliento de todas las mujeres que las
habían llevado antes que yo.
Más tarde supe que nada
de aquello había sido casual: Anchuk y su mujer llevaban días preparándolo, y
yo, sin saberlo, había sido la invitada de un secreto. Cuando le pregunté cómo
se le había ocurrido, solo sonrió.
Pasamos a la pequeña
cocina. Allí, rodeada de la familia de Anchuk y de mis tres hijos, que me
miraban asombrados, sentí que algo me empujaba. No había música ni escenario,
solo el suelo de aquella cocina. Cerré los ojos y empecé a moverme, mezclando
sin darme cuenta los pasos del Shondol que había visto en Leh con los de una
jota que mi cuerpo conocía desde niña. Pensé en Coque. No con tristeza, sino
con una gratitud serena, como si él también estuviera allí, apoyado en el marco
de la puerta, viéndome bailar. Cuando abrí los ojos, mis hijos tenían la mirada
húmeda y la familia de Anchuk aplaudía.
Nesi parpadeó: seguía en
su escritorio, con el álbum abierto delante. Lo cerró despacio. Tres bailes y
una misma mujer. Pero aquella tarde no era la pregunta de siempre, la de si se
podía pertenecer a varios lugares a la vez, lo que le rondaba la cabeza.
Durante semanas había dado por hecho que la guía venía de alguien de la agencia
o del grupo. Ahora, con la fotografía delante, le asaltó otra posibilidad: ¿y
si la había enviado la mujer de Anchuk? Recordó que, al despedirse, ella le
había pedido la dirección de Gotemburgo, «para mandar las fotos», con una
sonrisa que entonces le pareció solo amable.
La imagen para el
festival tendría que esperar. Abrió el cajón del escritorio y sacó la libreta
que había comprado en Leh. Pasó las páginas hasta encontrar la anotación que
había hecho después de la actuación en el hotel, con su letra apresurada:
«Danza de las grullas. Ave sagrada. Llega en primavera. Canta y baila». Solo
había sido una curiosidad del viaje. Ahora, junto a la fotografía, todo parecía
mirarse de frente: las grullas que cruzaban Europa cada primavera, las de su
proyecto, y las que regresaban a las alturas de Ladakh; las bailarinas de Leh,
con los brazos como alas, y ella misma, con un tipi prestado sobre la cabeza,
bailando en una cocina rodeada de mujeres con las que apenas compartía
palabras. Era la misma danza.
Lo vio con la claridad
de lo que llevaba tiempo buscando: La ruta de las grullas no tenía por qué
detenerse en Europa. Podía seguir volando hacia el este, hasta Leh. Un nuevo
tramo, con las mujeres de allí, para compartir sus danzas, sus trajes, sus cocinas
y sus historias, como habían hecho en Småland y en Jaca.
No dudó. Encendió el
ordenador y abrió un correo para Anchuk. En él le agradecía la tarde en su
casa, adjuntaba la fotografía y le pedía, con delicadeza, que hiciera llegar a
su mujer y a la responsable del grupo de danzas de Leh una propuesta: conocerse.
Escribió también, casi sin querer, una pregunta sobre la guía de viaje. La miró
un momento y la borró. Todavía no era el momento de preguntar.
Pulsó «Enviar». Afuera,
la tarde se iba apagando. Nesi sonrió: acababa de poner en marcha el vuelo.

Comentarios
Publicar un comentario