ENSA: VIII- JENJIBRE
ENSA
Un lugar recóndito en el Himalaya
Por la noche la
temperatura descendía dramáticamente en el campamento y nos teníamos que
abrigar bastante. Yo me solía poner el plumas y un pantalón de forro polar,
pero además, me equipaba con gorro y guantes. Intentaba compensar el gran
contraste ambiental con los recursos que tenía a mi alcance. Luigi me aconsejó,
incluso, que rellenara el termo con agua muy caliente y me lo introdujera
dentro del plumas mientras estábamos cenando. Todo era de agradecer para
alcanzar unos cuantos grados de más en el cuerpo.
Parecía mentira que tan
solo unas pocas horas antes, esa tarde, hubiéramos estado al sol en el río
bañándonos. Aunque el agua estaba helada, las ganas de asearse y quitarse del
cuerpo el sudor y el polvo de la ruta superaban cualquier temor a sentir el frío
en nuestra piel. Las pocas mujeres que formábamos parte de la expedición
habíamos encontrado un rincón idílico. Acompañadas de una acústica única nos
encontrábamos rodeadas de coloridas flores, que tapizaban la ladera, y de
blancas mariposas, que revoloteaban entre las piedras del riachuelo que corría
a pocos metros del campamento. En ese escenario casi teatral nos brindábamos
ayuda unas a otras. Tina asistía a Bethy para lavarse la cabeza, vertiéndole el
agua cuidadosamente sobre el cabello después de enjabonárselo. Helen me tendía
la mano, vigilante de no resbalar, para sumergirme en aquellas aguas
cristalinas. Las altas montañas del Himalaya que nos observaban parecían
nuestras guardianas en aquellos momentos tan íntimos. Las alegres risas de ese
divertido alboroto rompían el silencio de aquel paraje tan hermoso a casi 5000
metros de altitud. ¡Qué ratos tan buenos!
Después del reparador
aseo, normalmente, nos quedaba un breve espacio de tiempo para el descanso. Yo
acostumbraba ir a la tienda a leer o a escribir. Había comprado una libreta en
Leh y cada tarde me empeñaba en ese hábito tan reconfortante de narrar la jornada
vivida, acompañada de mis reflexiones más personales. Una rutina que, sin
ninguna duda, me facilitaría recordar aquella extraordinaria aventura que me
estaba saciando el alma.
Sobre las 19:00 nos
volvíamos a juntar todos los componentes del grupo, esta vez a resguardo, en la
tienda comedor. Íbamos llegando progresivamente hasta que la mesa estaba
completa. El encuentro se iniciaba, habitualmente, con un breve informe por
parte de Palden y Alfred sobre el trayecto recorrido, así como con la previsión
para el del día siguiente: el desnivel que alcanzaríamos, la duración de la
travesía, el material necesario y el punto de llegada donde acamparíamos al
acabar. Cada uno de nosotros escuchaba atento hasta que empezaban a llegar,
desde el pabellón cocina, las exquisitas viandas que nos había preparado el
personal nepalí. "Namasté", repetíamos todos a coro, impacientes por
probar esos manjares que colmarían nuestro apetito.
El entrante consistía en
una sopa caliente, cada noche diferente. Normalmente era algo ligera, aunque
había jornadas en que estaba demasiado especiada, por la cantidad de
condimentos que le añadían. La cocina del Himalaya solía estar bastante cargada
de sabores fuertes. Al principio nos costó adaptarnos, pero con los días, las
sopas se convirtieron en un regalo de los dioses. Me entonaban rápidamente,
recuperando el bienestar corporal para disfrutar de la velada sin
preocupaciones.
A continuación llegaba
el resto de los platos. De todos los que nos sirvieron a lo largo del trekking,
había uno que me gustaba especialmente: los momos. Esta especie de empanadillas
desprendían un olor casi dulzón, por la masa de harina que se había cocido al
vapor. Su textura era blanda y, al morderlos, se deshacían en la boca. Las
esencias de jengibre y ajo estaban muy presentes, junto con las de la cebolleta
y el comino, dándoles un punto a la vez suave y ligeramente picante. La noche
que nos servían momos me alegraba especialmente y siempre repetía. A veces, el
relleno era de carne de pollo o de yak, aportando un fondo algo más intenso; si
eran de verduras, predominaban las fragancias más frescas de col y cilantro.
Era frecuente que los sirvieran acompañados de una salsa, el achar, que olía a
tomate, chile y, en algunas ocasiones, a timur, un tipo de pimienta local. La
salsa acostumbraba ser bastante fuerte, y yo, que evitaba el picante por todos
los medios, no la probaba.
El pabellón comedor, en
los momentos de las cenas, era una explosión de bromas y animadas
conversaciones repletas de anécdotas sobre lo vivido, alrededor de una
gastronomía del Himalaya que, sin darnos cuenta, nos estaba transformando a
medida que iban pasando los días. Al mismo tiempo, nos encantaba repartir otras
provisiones que habíamos traído de nuestras casas envasadas al vacío. El mero
hecho de compartir mesa y alimentos con el grupo cada noche me hacía darme
cuenta de la importancia que tiene para el ser humano el ser parte de una
comunidad, participando de una convivencia enriquecedora que hace la existencia
más llevadera.
Aquellos sabores en las
alturas tuvieron su continuidad en algunos homestay en los que estuvimos días
después, donde las mujeres que los regentaban nos deleitaron con platos
tradicionales como el Dal Bhat: un potaje de arroz, lentejas y verduras capaz
de resucitar a un muerto. En las dos jornadas que visitamos el Valle del Nubra
acompañados de Anchuck, el responsable de la agencia, tuve la oportunidad de
entrar en las cocinas de aquellos hogares, descubriendo cómo eran las reducidas
estancias donde preparaban esos deliciosos platos, los utensilios que
utilizaban y los procedimientos que empleaban. Quizá fue un poco atrevimiento
por mi parte, pero la curiosidad de conocer las manos que nos habían alimentado
tan bien me guio para adentrarme hasta el corazón de esos hogares. Esta
experiencia me resultó especialmente reveladora.
Al terminar el trekking
y volver a Leh, tuvimos la oportunidad de visitar un restaurante tibetano. Fue
el lugar elegido por Palden para la despedida. Allí degustamos otras
delicatessen locales como el pollo tandoori. En este caso el pollo estaba
marinado en yogur, jengibre, ajo y especias como el comino, el cilantro y el
pimentón, que le daban un color rojizo al plato. Palden nos explicó que el
nombre de tandoori viene de la técnica de cocinar en un horno de barro a alta
temperatura; también se preparan así panes como el naan, que pedimos para
acompañar. Fue una muy emotiva celebración, donde cada uno de nosotros le
expresó a Palden su gratitud por su buena labor de guía, pero también por su
amabilidad, amistad y cercanía. Regalos,
abrazos y alguna lágrima pusieron fin al homenaje.
Las vivencias pasadas se
entrelazaban de forma intermitente en la mente de Nesi mientras cocinaba unos
momos esa noche de finales de invierno en su apartamento de Gotemburgo. Era
tarde ya, pero Paul y Sam aún no habían llegado. Al terminar, apartó unos pocos
en su matlåda para llevarse al trabajo a la mañana siguiente, y guardó el resto
en el horno para cuando llegaran sus hijos. Estaba cansada, pero necesitaba
completar una tarea más. Se sentó en su escritorio, abrió la libreta y empezó a
escribir. Cada día estaba más cerca de cerrar la propuesta. Solo faltaban
algunos detalles.

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