ENSA: VI- KANEL

 


ENSA 
Un lugar recóndito en el Himalaya








PARTE 2

SABORES 

VI- Kanel

La música de fondo se escuchaba por todos los rincones del apartamento. What if, de Calaisa, sonaba de forma tan envolvente que Nesi, desde la cocina, cantaba y  ya casi se la sabía entera. Mientras iba sacando de la nevera los ingredientes necesarios para hacer unos kanelbullar, movía los pies rítmicamente realizando pequeños pasos de baile combinados con los diferentes acordes. En un par de días tenía un nuevo encuentro del club de lectura y quería aportar algo sabroso para acompañar la fika y endulzar la tertulia.

—No se me da muy bien la repostería —pensó—. Lo que me da más pereza es el momento de empezar. Pero una vez que me veo con las manos en la masa, me dejo llevar y el resultado no está tan mal.

Nesi siguió cantando y entre suaves movimientos corporales comenzó a seguir la receta del cuaderno que tenía en la alacena y que había ido completando a lo largo de los años. 

Después de tanto tiempo viviendo en Suecia había adaptado sus hábitos culinarios a las tradiciones nórdicas. Durante los años transcurridos en Småland había aprendido a observar la naturaleza y aprovechaba los recursos que ésta le ofrecía. De este modo, en verano recogía grosellas y arándanos rojos y azules en sus largos paseos entre bosques y lagos. Las mermeladas le salían exquisitas, pero también congelaba reducidos envases con estas bayas para usarlas durante el resto del año. Otro recurso natural que le gustaba recolectar era el saúco. Dejaba secar sus flores varios días seguidos para después guardarlas en frascos de cristal. Así, en invierno tenía suficiente en la despensa para hacer infusiones con miel y combatir los resfriados y dolores de garganta. Hubo una temporada en que, incluso, cultivó algunas hortalizas en el huerto que improvisó en el jardín. Tomates, zanahorias, cebollinos y rúculas enriquecían las ensaladas diarias, con la satisfacción que proporcionaba una cosecha propia. Los pasteles y compotas de manzana eran su especialidad. A finales del mes de agosto los manzanos de su jardín daban tanta fruta jugosa que, si no se anticipaba, se le echaba a perder. Aquel edén se había convertido en su colmado y su calendario a la vez, un pequeño reloj natural que marcaba las horas del año con sabores en vez de números.

En otoño solía salir a buscar setas. Las kantareller tenían un sabor extraordinario y se convertían en una guarnición deliciosa para los guisos que cocinaba con la carne de alce. Tenía varias compañeras de trabajo aficionadas a la caza y cada mes de octubre le regalaban alguna pieza.

Al sacar la canela para añadirla a la masa de los bollitos, el aroma la levantó del suelo como un ave que remonta el vuelo sin avisar, y su imaginación viajó a esa etapa. Eran tiempos que se intuían lejanos, como parte de otra vida que no le perteneciera. La nostalgia le provocó una aguda punzada en el corazón y la vista se le nubló. Tras unos segundos, se armó de valor y apartó la tristeza que amenazaba con invadir su espacio. Sabía por experiencia que no había que reprimir las emociones que le surgían, pero hoy no tenía tiempo. Conscientemente, dio paso a un sentimiento de agradecimiento por toda la experiencia adquirida. Complacida por la rápida maniobra, sonrió y se centró en lo que tenía entre manos. Debía apresurarse en la elaboración para proceder al horneado. Colocó los moldes con precisión milimétrica en la bandeja rectangular como si de un pelotón militar se tratara. Programó el horno y al introducir la bandeja en su interior dio por finalizada la faena repostera. 

Se trasladó al salón para hacer tiempo. Quería terminar de leer el libro que iban a comentar en el encuentro literario y escribir algunas anotaciones para aportar a la tertulia. Un silencio lleno de murmullos, de Gioconda Belli, le estaba despertando ideas reveladoras. Encendió la lámpara de pie situada a la izquierda de su sillón de lectura. Era una butaca beis muy cómoda y vestida con un diseño nórdico y cálido. La había comprado específicamente para este uso y al sentarse en ella asumió, automáticamente, su rol de lectora.

Justo antes de este rito casi religioso, que solía repetir a diario, cambió de música. Las canciones alegres de Calaisa dieron paso a las tranquilas melodías celtas que le solían acompañar al terminar el día. Abrió la novela y se sumergió en la historia. Ensimismada por las aventuras de la protagonista, empezó a sentir los efluvios que llegaban de la cocina. La canela se había colado por todos los recovecos de la casa. Se dejó llevar. Cerró los ojos y voló de nuevo.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Escribir para comprender y acompañar.

VIAJE AL SUR: Málaga

Migraciones del alma: aprendiendo de la naturaleza