ENSA: VII- SAÚCO

 


ENSA 

Un lugar recóndito en el Himalaya






                       

                             

PARTE 2 SABORES 

VII- Saúco

El sonido de la loza en la fregadera la despertó de la siesta. Confundida, miró el teléfono y se asombró de lo rápido que habían pasado los minutos. Se incorporó y salió de la habitación.

—Hola, mamá —dijo Paul—. ¿Te he despertado? Perdona, no era mi intención.

—Qué alegría verte, Paul —respondió Nesi—. Hacía días que no coincidíamos en casa.

—Sí, es que tengo mucho trabajo en el restaurante y termino bastante tarde. Cuando llego a casa ya estás acostada, y por las mañanas sueles irte muy temprano al instituto.

—Ya, es verdad. Pero cuéntame: ¿qué tal te va? ¿Te gusta tu nuevo trabajo de chef de cocina?

—Ostras, es súper divertido, y además me permite desarrollar la creatividad desde otro punto de vista. Es un poco como pintar una acuarela con diferentes tonalidades y formas, pero en tres dimensiones, mezclando, además, sabores y aromas.

—Cómo me gusta escucharte, Paul. Parece que has encontrado tu sitio.

Paul sonrió y sacó el móvil del bolsillo.

—Mira, te voy a enseñar algunas fotos de los platos que he preparado esta semana.

Fue pasando las imágenes una a una: un tártaro de salmón con reducción de remolacha, un risotto de setas con polvo de trufa, un postre de chocolate con espuma de naranja. Nesi observó cada composición con atención: los colores, los trazos de salsa, la forma en que jugaba con las alturas y las texturas.

—Son una preciosidad, Paul. Se nota la misma mirada que tienes con la cámara en la montaña.

—Sí, mamá, es lo mismo, solo que aquí el lienzo se puede comer —bromeó él, guardando el teléfono.

—Bueno, me tengo que ir. Hoy tengo libre en el restaurante, pero he quedado con Maya para ir a ver una exposición. Ya nos vemos y hablamos en otro momento, ¿vale?

—Estupendo. Pasadlo muy bien.

Al cerrar la puerta, Nesi se sentó a la mesa de la cocina con la idea de tomarse la infusión que se había preparado mientras hablaba con Paul. A través de la ventana entraba la luz de media tarde e impregnaba toda la sala de una pátina dorada. Ya se notaba que los días se iban alargando.

«Cómo le hubiera gustado a la yayi ver a su nieto trabajar de cocinero —pensó—. Podría imaginarse a los dos preparando juntos la cena de Nochebuena. ¡Habría sido un espectáculo!»

Le dio un sorbo a la taza de té de saúco con miel, y las imágenes de su madre cocinando en la casa familiar del Pirineo fueron desfilando por su mente como si de una película se tratara. De pequeña, en verano, había visto a su madre subir al monte a recoger flores de saúco, que después dejaba secar colgadas en la cocina, atadas con un cordel, hasta que llegaba el invierno y las convertía en infusiones para los resfriados de toda la familia.

Aquellos menús de Navidad se repetían año tras año, formando parte de su ADN. Cardo con almejas y salsa de almendras, consomé con caldo de cocido, ternasco al horno con patatas a lo pobre, turrones caseros: eran los sabores de su infancia. Se le hacía la boca agua recordándolo.

A ella nunca se le había dado bien la cocina. Solía cocinar para salir del paso, manteniendo una dieta equilibrada, casi por cumplir una necesidad. Pero lo de su madre era otra cosa. Había heredado de su abuela una forma muy cuidada de elaborar platos exquisitos, basados en productos pirenaicos de temporada, sin prisas, con cariño y mucho mimo. La gastronomía era un punto muy fuerte de la identidad de un pueblo, y el carácter de su gente se forjaba con los alimentos que ingería. «Somos lo que comemos», solía repetir su abuela.

De vuelta de ese paseo por los sabores pirenaicos, levantó la vista hacia la vitrina de cristal que se ubicaba en el rincón, a la izquierda de la mesa de la cocina, como buscando algún detalle que la trajera al presente. Se fijó en la guía del Himalaya. La había colocado allí para tenerla a mano y que no se le olvidara el proyecto que tenía en mente.

Se levantó y empezó a hojearla de nuevo. Allí estaba lo que buscaba. Como buen manual de promoción, sus diseñadores habían incluido varias imágenes de calidad sobre la gastronomía tibetana. Fijó la mirada en el plato estrella. Ummm... qué rico estaba, pensó.

Se dirigió al ordenador para buscar la receta en internet. Esa noche viajaría a Ladakh saboreando unos momos.




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