ENSA: X-ENELDO
ENSA
Un lugar recóndito en el Himalaya
El vapor se elevaba
despacio sobre las tazas mientras las tres charlaban en una cafetería del
centro de Gotemburgo. Afuera, la primavera empezaba a abrirse paso entre los
últimos restos de nieve, y con ella llegaban también las grullas reales, de
vuelta de su invierno en el sur de Europa — el mismo trayecto que estaban a
punto de emprender las grullas jacetanas, la ruta que daba nombre al proyecto.
Moa y Karin habían recibido la propuesta del reencuentro con la misma ilusión
con la que Nesi la había imaginado, y desde entonces los planes no habían
dejado de tomar forma. Para Nesi, aquello era solo el primer paso de un camino
que había empezado a intuir apenas unas semanas atrás, ese mismo invierno
recién terminado, cuando una guía de viaje, llegada sin previo aviso y sin
remitente conocido, le devolvió de golpe el aroma de unas montañas que aún la
acompañaban en sueños. Todavía no sabía quién se la había enviado, pero algo le
decía que no tardaría en descubrirlo.
Envueltas en ese ritual
tan sueco de la fika que Nesi había hecho suyo hacía ya años, comentaban entre
risas los últimos preparativos. Faltaban pocos días para que llegaran las
cuatro jacetanas, y el encuentro en Litteraturhuset ocupaba ya buena parte de
la conversación. El café, dulce y aromático, envuelto en el rumor tranquilo del
local, se convirtió sin que ninguna se diera cuenta en la puerta hacia el
pasado compartido.
Nesi recordaba aquella
primera primavera con una nitidez que sorprendía, como si el tiempo hubiera
decidido guardar ese recuerdo en una caja aparte, protegido del desgaste de los
años. Cuatro mujeres suecas y cuatro jacetanas se habían embarcado entonces en
un viaje que, sin proponérselo, imitaba el de las propias grullas: de sur a
norte de Europa, formando esa misma V que las grullas dibujan al volar. Solo
cielo, horas de vuelo hacia el norte, y la seguridad de tener claro el rumbo.
Se repartieron en
parejas, una española con una familia sueca, y así, entre gestos y un español
que las suecas se esforzaban por practicar con cada frase, empezaron a cocinar
juntas. Habían decidido, casi sin hablarlo, que el español sería la lengua principal
del proyecto: una forma de que Moa, Karin y las demás avanzaran en el idioma,
mientras las jacetanas reservaban su inglés para las visitas guiadas y las
salidas por la comarca, donde no faltaban ocasiones para practicarlo.
El eneldo estaba en
todas partes: en las patatas nuevas hervidas con mantequilla, en las salsas
para el salmón, incluso en un pan que Moa amasaba con una paciencia que Nesi
nunca había tenido. El olor fresco y ligeramente anisado impregnaba cada cocina
que visitaban, un hilo verde que unía las casas rojas de aquellos pueblos de
Småland, dispersos entre bosques. Aprendieron a preparar el gravlax, el salmón
curado con sal, azúcar y, cómo no, una buena cantidad de eneldo picado,
dejándolo reposar bajo un peso durante días. A Nesi le pareció casi mágico que
algo tan sencillo pudiera transformarse en algo tan delicado.
No todo transcurría
entre fogones. Salían también a caminar por los bosques suecos, entre lagos que
parecían espejos y un silencio que Nesi asociaba enseguida con el de sus
montañas. Les hablaba del Pirineo, de las excursiones de su juventud, de
senderos que conocía casi de memoria, y las suecas, a su vez, les enseñaban los
suyos, más llanos pero igual de hermosos, entre abedules y agua quieta. Fue en
uno de esos paseos donde Nesi pensó, casi en voz alta, que la naturaleza tenía
esa virtud de igualar los paisajes más distintos, de hacerlos sentir, de
pronto, parte de un solo territorio. Descubrieron, paseo tras paseo, que
compartían mucho más de lo que habían imaginado al principio: idénticas
preocupaciones por los hijos ya independizados, el mismo miedo a quedarse
quietas, la misma certeza de que, aunque jubiladas, todavía tenían mucho que
ofrecer al mundo. No eran mujeres de mirar atrás, sino de seguir construyendo.
Aquel primer encuentro
las cambió a todas, aunque entonces no lo supieran del todo. En otoño les tocó
a las suecas viajar hacia el sur, y las recibieron en Jaca con la misma ilusión
con la que las habían recibido a ellas meses antes. Les enseñaron su cocina,
sus mercados, sus costumbres de sobremesa larga que tanto sorprendió a las
suecas al principio y que acabaron adoptando con gusto. Entre risas, torpezas
de idioma y algún que otro abrazo espontáneo que no necesitaba traducción,
comprendieron que las fronteras, esas líneas que tanto pesaban sobre el papel,
se disolvían con facilidad cuando dos culturas se sentaban a la misma mesa. El
proyecto había dejado de ser una idea sobre el papel para convertirse en algo
vivo.
Desde entonces, La ruta
de las grullas no paraba de crecer. Lo que empezó como un intercambio entre dos
grupos de mujeres se fue completando con encuentros virtuales, recetas
compartidas y una amistad que ninguna de ellas esperaba encontrar a esas
alturas de la vida. A Nesi le resonaron especialmente los cantos que acompañaban
cada celebración: las suecas les habían enseñado las canciones tradicionales de
Midsommar, esas melodías sencillas que se entonaban alrededor del mayo adornado
con flores, y ellas, a cambio, se habían animado con alguna jota que apenas
lograban vocalizar entre risas, pero que cantaban con todas sus fuerzas.
El año anterior, en la
Universidad de Nebrija de Madrid, Intermón Oxfam les había concedido el premio
Avanzadoras, en la categoría de Transformación social. Después vinieron las
entrevistas en diferentes medios de comunicación: programas socioculturales de
Radio Nacional y de la Cadena SER se interesaron por el proyecto; varios
periódicos de tirada nacional editaron extensos e interesantes reportajes, e
incluso la revista El Timonel de la asociación de jubilados españoles en
Gotemburgo había publicado recientemente un artículo escrito entre todas, donde
contaban con sus propias palabras cómo unas mujeres jubiladas de dos países tan
distintos habían conseguido algo así.
Con el tiempo y buscando
paralelismos entre los dos movimientos migratorios, Nesi había aprendido que
aquella V en el cielo no era solo una forma bonita de volar. Cada grulla cedía
su lugar en cabeza para que otra tomara el relevo, y así ninguna cargaba sola
con el esfuerzo del vuelo; era ese turnarse, ese sostenerse las unas a las
otras, lo que les permitía llegar tan lejos. Le gustaba pensar que el proyecto
se sostenía del mismo modo, con unas y otras relevándose según hacía falta
—organizando, cocinando, escribiendo, acompañando—, sin que el peso recayera
nunca en las mismas manos. Y como las grullas, que celebran la vida cantando y
bailando al amanecer, ellas también habían aprendido a festejar cada pequeño
logro del proyecto, sin necesitar más motivo que estar juntas.
De vuelta en la
cafetería, Karin preguntó por los últimos detalles de la presentación, y Nesi
sacó del bolso la hoja donde había empezado a esbozar unas líneas para
Litteraturhuset. Al releerlas en voz alta, sintió que le temblaba un poco la
mano al llegar a la última frase, la que hablaba de ampliar el proyecto a
nuevos colectivos, sin nombrar todavía a quiénes. Todavía no. Pero el corazón
ya sabía hacia dónde quería volar.

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