ENSA: XVII- BLANCO
ENSA
Un lugar recóndito en el Himalaya
PARTE IV COLORES
XVII BLANCO
Había llegado el día.
Nesi tenía ya el coche cargado con todo lo que necesitaba para pasar las
vacaciones entre sus montañas pirenaicas, rodeada de su familia y de las
amistades de la infancia. La noche anterior había cenado con Sam y Paul para
despedirse y, aunque le daba un poco de pena dejarlos, sabía que serían solo
unas semanas.
Hizo un repaso mental
del equipaje. En el maletero, junto a las maletas, iba la caja con el material
del proyecto: la cámara, la libreta de Leh y la guía de viaje. Solo le faltaba
poner las banderas de oración en el coche, como amuleto para todo el trayecto.
Las había traído directamente del Himalaya, pero aún no había tenido ocasión de
desplegarlas.
El orden de los colores
era muy importante: iban dispuestos del azul al amarillo con una
intencionalidad muy concreta. Colocó las banderas en ese orden, cerca de las
ventanillas. Así, cuando bajara los cristales, el viento entraría en el coche y
las movería en la secuencia adecuada: del azul del cielo infinito al amarillo
de la base sólida de la tierra, pasando por el blanco del viento, el rojo del
fuego y el verde de la fertilidad y el agua, para transportar las oraciones y
las bendiciones, y purificar y proteger el entorno.
Estaba nerviosa, como
solía estarlo antes de iniciar un proyecto importante. Atravesar Europa en
coche lo era, desde luego, y le imponía un gran respeto.
Se acordó de la técnica
que llevaba usando desde niña para calmar los nervios en momentos clave, como
un examen importante o una entrevista de trabajo. Consistía en visualizar una
enorme vela blanca desplegada en el mástil de un velero en el que navegaba.
Siempre le había funcionado, y recurrió a ella de nuevo.
Se sentó en el asiento
del copiloto, reclinó el respaldo y se tumbó. Cerró los ojos y se transportó
mentalmente al océano. Allí estaba ella, de pie, en la popa del barco, detrás
del timón, contemplando cómo la vela vibraba al viento. Inició sus ejercicios
de respiración y la calma fue llegando a su mente a medida que pasaban los
minutos. Una vez más, la técnica había dado resultado. El blanco le
proporcionaba la serenidad que buscaba. Le fueron llegando otras escenas con este
color como protagonista: la vaporosa cinta de seda blanca, el khata, que le
habían colocado al cuello al llegar a Ladakh; el manto invernal sobre el que se
deslizaba esquiando, en las montañas pirenaicas o en los bosques nevados
nórdicos. Todos esos instantes, que se sucedían en su mente al ritmo de
inspiraciones y espiraciones coordinadas, le transmitían la tranquilidad
deseada.
Los nervios fueron
cediendo y Nesi encontró la confianza que necesitaba para ponerse al volante de
su Dacia. Echó un vistazo por el espejo retrovisor y centró la mirada en el
rectángulo más claro de las banderas. Recordó a Norbu: el blanco era el aire,
el viento que se llevaba las nubes, igual que las preocupaciones de la mente.
Se sintió acompañada y sosegada. La aventura estaba a punto de empezar y se
dejaría llevar por su intuición: soplaban buenos vientos.
Giró la llave y tomó la ruta hacia Dinamarca. Todo marcharía sobre ruedas.

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