AIRE FRESCO
ENSA
Un lugar recóndito
en el Himalaya
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PARTE 1: LLAMADAS |
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III-Aire fresco |
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IV-El impulso |
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V-La ciudad |
III- AIRE FRESCO
Palden nos lo solía
decir todos los días: «la mochila para la travesía diaria tiene que ser
ligera». Yo lo sabía, pero justo cuando me disponía a preparar las cosas,
todo se me antojaba necesario: un chubasquero, por si llovía; los guantes, el
gorro y un forro, por si soplaba el viento y hacía frío al llegar al collado;
una camiseta limpia, para cambiarme por si sudaba demasiado, dos cantimploras,
una de ellas con filtro; las pastillas potabilizadoras del agua; el botiquín y
la crema de protección solar, la gorra y las gafas de repuesto para el sol; la
bolsa con el almuerzo, los bastones, las sandalias de agua, por si había que
atravesar algún río; la cámara de fotos… «Ahhh, ¿qué quito y qué dejo? Lo
necesito todo», me decía a mí misma. Todas las mañanas me surgía el mismo
dilema, pero finalmente el macuto pesaba, aproximadamente, lo mismo cada día.
Después de esa rutina matutina, lo dejaba apoyado al lado de la tienda y me iba
a desayunar con el resto del grupo.
Me encantaban los
desayunos al aire libre, en medio de esas grandiosas montañas. El volver a
encontrarme con todos, después de una larga noche en la tienda, era el momento
más dulce del día. Albert era el primero en levantarse. Progresivamente se le
iban uniendo Luigi, Helen, Bethy, Roland y el resto de los componentes del
grupo, hasta completar la mesa. Nos dábamos los buenos días con un «Julley» —la
palabra ladakhi que servía lo mismo para saludar que para dar las gracias, y
que acabamos usando para casi todo—, sonreíamos y nos preguntábamos,
amablemente, cómo habíamos dormido. Nos habíamos convertido en una pequeña
familia. Allí iban llegando, directamente desde el pabellón de cocina, los
esperados manjares que el equipo nepalí preparaba con gran esmero y que
recibíamos siempre con un agradecido «Namasté»: huevos duros, tortitas
calientes, mantequilla y mermeladas de diferentes sabores, termos de café y de
agua caliente para el té, jarras de leche, fruta, miel, en fin, todo un lujo.
La temperatura era
bastante fresca, aunque íbamos bien abrigados, sobre todo después de salir del
saco de alta montaña en el que dormíamos. Las conversaciones en torno a tan
deliciosas viandas eran de lo más variopintas. Solíamos bromear con lo que
habíamos soñado la noche anterior o con los inoportunos hábitos del compañero o
compañera de tienda, antes o incluso después de conciliar el sueño.
Llevábamos juntos ya
doce días. Más o menos, sabíamos de qué pie cojeaba cada uno y nos
respetábamos con cariño. Aunque a todos nos encantaba la montaña y habíamos
decidido participar en este trekking voluntariamente y con mucha ilusión, el
hecho de dormir tanto tiempo fuera de nuestras camas, en unas condiciones que
no eran las habituales y sin poder asearnos apropiadamente, iba mermando
nuestras fuerzas.
La convivencia con
personas que no conoces con anterioridad no es fácil. En un entorno tan hostil,
entre los 4000 y los 5000 metros de altitud, donde te falta el aire y todo te
cuesta más, las personas nos volvemos más vulnerables, pero con comprensión todo
se supera.
Después de desayunar,
con la energía restituida y el ánimo bien levantado, exactamente a las 7:40
empezaba nuestra jornada montañera. Las palabras de Albert, nuestro
coordinador: «Venga, familia», se convirtieron en el mantra para arrancar la marcha de forma automática. Un mantra, por cierto, que Palden se había aprendido muy bien en español.
Caminar por esa zona tan tibetana, donde cada valle era diferente al anterior, sorprendiéndonos
diariamente al llegar a cada collado, no era comparable con nada que hubiera
experimentado antes. Así como ha recogido la literatura universal sobre el
Himalaya a lo largo de los tiempos, avanzar por este entorno natural es una
mezcla entre el desafío físico, donde se experimenta un sufrimiento derivado de
la falta de oxígeno y el mal de altura, y una transformación espiritual,
llegando a ver la montaña como un lugar sagrado donde las palabras no son
necesarias. La inmensidad de los picos nevados y la profundidad del terreno me transformaban en un ser minúsculo, y la belleza que me rodeaba me transfería un
respeto absoluto. Allí estaba yo, debatiendo con mi yo interior y
convenciéndome de seguir un poco más, sin parar, aunque fuera más despacio.
Finalmente, la llegada a ese punto, por encima de los 4900 m, era una
satisfacción indescriptible. Una pequeña victoria que me hacía sentir un
poquito más orgullosa de mí misma. El ritual se repetía en cada uno de los
pasos de montaña que habíamos atravesado: «Ki ki so so», gritaba Palden, «lha
gyalo», gritábamos el resto del grupo. Se trataba de un rito muy típico en toda
la cordillera del Himalaya —Tibet, Nepal, Ladakh o Zanskar— como una forma de
agradecimiento a los dioses por haber llegado bien hasta allí y haber logrado
coronarlo. Así pues, el Ganda La (4980 m), el Stok La (4900 m), el Matho La
(4980 m), el Shang La (4980 m) o el Kongmaru La (5260 m) fueron testigos de
estos cánticos, acompañados por los bailes de las banderas de oración al ritmo
de un viento helador.
A partir de allí, la
bajada hasta el campamento siguiente era más llevadera y daba pie a animosas
charletas con el resto del equipo, invitando a conocernos mejor. En este
contexto, me sentía muy segura caminando con Palden como guía. Natural de
Zanskar, en el valle de Ladakh, se conocía cada sendero como la palma de su
mano. Disfrutaba conversando en inglés con él en los descansos, e incluso a veces mientras
avanzábamos. Era muy amable y cada poco rato se interesaba por el estado de todos. Personalmente, yo sentía curiosidad por su estilo de vida, por su familia: su mujer y sus cuatro
hijos. Intuía que, cuando estaba trabajando tantos días seguidos, guiando a
grupos como el nuestro, los debía de echar de menos. Me habló también de su
experiencia universitaria, de cómo cultivaban la tierra en su pueblo y de cómo
tenían todos los recursos necesarios para pasar los largos y duros inviernos
entre esos parajes montañosos. Ofrecía un diálogo fácil con el que me transfería la hermosa sensación de formar parte de ese fantástico paisaje. Que la vida es el viaje y no el destino era
parte de su filosofía.
De repente, sonó el
teléfono y Nesi volvió a su apartamento de Gotemburgo. Sintió que la guía que
tenía en sus manos había cobrado vida. Miró el reloj, eran las 22:00 h.
Descolgó el teléfono. Era su hija. Tardó unos segundos en contestar. Todavía
tenía la cabeza entre las montañas.
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