ENSA: V-LA CIUDAD
ENSA
Un lugar recóndito en el Himalaya
LLAMADAS | La ciudad |
V-LA CIUDAD
El día había amanecido blanco. Era una de esas mañanas tan esperadas en el invierno y por fin había
sucedido. Cuando Nesi se levantó y corrió las cortinas de su dormitorio, el
resplandor de la nieve le cegó unos instantes. Pensó en lo afortunada que era al
contemplar ese manto inmaculado sobre el adoquinado. Los bancos y
la fuente se hallaban vestidos como novias que esperaran en silencio una
ceremonia que la ciudad, dormida, aún no sabía que iba a celebrar. Y sin
embargo, bajo esa quietud helada, la plaza Selma Lagerlöf nunca dejaba de
latir: a esa hora, unos pasos apresurados abrían surcos oscuros en la nieve,
huellas marcadas en líneas paralelas como corcheas dispuestas en un pentagrama,
como si el barrio entero fuera una partitura. Nesi conocía algunos de esos
rostros: el hombre sirio que abría la konditori antes del amanecer, la familia hindú
del segundo piso, las mujeres con hiyab que se saludaban en la parada
del autobús junto a otras que llevaban gorros de lana y bufandas anudadas a la
manera sueca. La nieve, pensó, tenía esa virtud extraña: igualaba los tejados,
las lenguas, las historias. Bajo ella, la ciudad entera parecía vibrar a ritmos
distintos en una misma sinfonía.
Le esperaba una jornada
bastante ajetreada y se apresuró a preparar lo necesario para abordarla
con energía. A primera hora tenía cita con el médico en el centro de salud.
Se trataba de una visita rutinaria que le devolvería la tranquilidad al saber
que todo estaba en orden. Cogería la línea 18 que la dejaba en Kungsportsplatsen.
Miró en la app de Västtrafiken. El próximo autobús salía en 10 minutos. No
le daba tiempo. Esperaría al siguiente. Luego volvería dando un paseo por la
ribera del canal Göta Älv. Esa parte de la ciudad era especial y hoy,
con ese paisaje nevado, el espectáculo estaba garantizado.
Sentada en el autobús no podía evitar reconocer lo coqueta que era Gotemburgo. No había grandes distancias y una vez en el centro a Nesi
le gustaba ir andando a todas partes. Siempre le habían fascinado las ciudades
situadas a orillas del mar. Emitían un aura particular y las percibía como
lugares más abiertos. Tenían un ambiente multicultural que las hacía más
amables, acogiendo a gentes con otras culturas, lenguas y tradiciones.
Había tenido esa misma
impresión cuando vivió en Dublín aquel año, a principios de los noventa, cuando
fue a trabajar y aprender inglés. Más tarde experimentaría una sensación
similar cuando se instaló en Barcelona en su travesía laboral por el sector financiero.
Göteborg, como le decían
en el idioma nórdico, recibía el apodo de Lilla London por la fuerte influencia de comerciantes escoceses e ingleses en el siglo XIX.
Por este y otros muchos motivos, la ciudad había protagonizado la literatura
sueca en infinidad de ocasiones.
Así, Vilhelm Moberg, en
su libro Utvandrarna, un clásico absoluto de la
literatura sueca, había retratado a Gotemburgo como la "última frontera y
la gran puerta de escape".
También Helene Tursten,
de una forma más contemporánea, la describía en sus novelas de la detective
Irene Huss con un enfoque más moderno y cosmopolita, aunque con una dualidad
más hostil y oscura.
Sin embargo, otros
libros como Destination Göteborg: Berättelser om liv, religion och språk,
escrito por varios autores suecos, ofrecían una imagen de esta urbe nórdica
como un puerto de refugio y un nuevo hogar. En él se retrataba la calidez de
los barrios locales, la mezcla de idiomas y cómo las tradiciones de los recién
llegados se entrelazaban de forma natural y respetuosa con el día a día sueco.
Nesi, que vivía allí
hacía poco más de un año, disfrutaba descubriéndola en sus paseos. Esa mañana
de invierno salió del médico con una expresión más relajada y, envuelta en sus
pensamientos, dejó que sus pisadas se hundieran en la nieve marcando un camino errante. El
escaso bullicio de la ciudad, amortiguado por el silencio blanco que lo cubría todo, propició que alargara la caminata sin un rumbo fijo. La belleza que la rodeaba hizo que se enamorara de ese lugar un poco más.
En esa atmósfera pacificadora le volvió a la cabeza aquella idea loca que había tenido hacía
apenas una semana. Después de recibir la guía de viajes, de esa forma tan
misteriosa, no había podido dejar de pensar en ello. Caminaba enfundada hasta
las cejas en su plumífero blanco, con el gorro, la bufanda y los guantes de
lana, tejidos a mano. En un ambiente tan helador, todos aquellos complementos
le ofrecían el calorcito necesario para rescatar los recuerdos más profundos.
Y de una forma natural
asoció la imagen que le ofrecía esa ciudad portuaria tan hospitalaria con la
idea que le resonaba desde hacía días.
Las piezas del puzle
estaban encajando a la perfección, pensó. Y siguió caminando a orillas de
aquellas aguas tan frías.
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